CLASE MAGISTRAL Con cupo limitado e inscripción on line AQUÍ hasta el 18/08/2010.
24 de agosto - 18.00 CCEBA Sede Paraná 1159

Premio Nacional de Literatura Dramática 2009 y Premio Nacional de Teatro Calderón de la Barca 2007 por su obra Dentro de la tierra

   
I Parte / Intuición, duda, miedo, inquietud y libertad en la escritura dramática o La energía que provoca haber tomado una decisión inquietante
Si tuviera que, a la fuerza, definir lo que escribo, diría que escribo sobre aquello que me da miedo y que no sé, sobre todo lo que dudo, y, también, sobre lo que me da vergüenza decir. Creo que la idea de voy a escribir sobre esto de lo que no sé si seré capaz es la mejor decisión de todas las que puedo tomar antes de enfrentarme a la escritura de un texto dramático. Estoy convencido de que las mejores obras se escriben ellas solas y de que el dramaturgo tan sólo ha de ser sincero consigo mismo y  tomar las mejores y más acertadas decisiones. Un texto dramático no debería ser bueno por lo que se dice en él, sino por lo que esconde; y escribir debería ser siempre lo más parecido a desenterrar a un muerto, sacarlo de su tumba y mirarle a la cara. Cuando no quiero o me digo a mí mismo que no me apetece escribir sobre algo, sé que es justamente de eso sobre lo que tengo escribir, ya que la esencia del ser humano es sentir antes que pensar, y actuar según esos sentimientos. Si el arte ha de provocar, no existe nada más provocador que descubrir aquello que uno nunca hubiese querido saber o escuchar. P. Bezerra
 
II Parte /Sobre Dentro de la tierra y todo lo que dudo*
Me llamo Francisco Jesús Becerra Rodríguez, aunque lo que escribo lo firmo como Paco Bezerra. Nací en Almería, en un barrio de pescadores, en una familia de campo, cristiana y supersticiosa. Con unos días de vida me diagnosticaron una extraña enfermedad. El médico le dijo a mis padres que mis ritmos de crecimiento estaban descompensados y que en un futuro mi cabeza sería más grande que mi cuerpo. Así que todos se asustaron y mi abuela cogió una soga y, por dentro del vestido, se la ató a la cintura, pegada a la piel, y así anduvo día y noche, en una especie de promesa para pedirle a Dios que, a cambio, yo me muriera. De esa forma me libraría del rechazo al que iba a estar expuesto el resto de mi vida y no sufriría. Pero Dios, al final, no me mató. Y aquella enfermedad nunca evolucionó. Pero sí he sido muy propenso a que me echaran maldeojo. Cuando esto sucedía, mi madre me llevaba a una vecina curandera a que me lo quitara. El maldeojo te lo echan las mujeres envidiosas. Normalmente, tus vecinas, que tienen hijos feos. Se sabe quiénes son porque las mujeres con carrito se cambian de acera cuando aparece alguna. En mi calle había varias. Ya se fueron de allí. Hartas, imagino, las pobres. Del maldeojo las madres se dan cuenta por la mirada, se te ponen los ojos tristes y lloras sin justificación. Mi curandera, que en paz descanse, era una mujer que tenía Gracia (Gracia es como poderes pero en religioso) y me rezaba en la cabeza con un paño y un bote de alcohol. Siempre que lo hacía echaban Los Pitufos en la tele, no sé por qué. Dicen que el maldeojo reblandece la mollera y la va dejando hecha un chicle, así que hay que volver a endurecerla. La razón: el sol puede metérsete dentro y dejarte la cabeza como una caseta de feria, loco para el resto de tu vida.  P. Bezerra
 
* Es requisito para los participantes la lectura de la obra Dentro de la tierra, disponible en www.cceba.org.ar/Dentrodelatierra_Bezerra.pdf

Con el apoyo de Escena Sur